Escola de Teràpia d'Integració Psico-corporal (ETIP) - Escuela de Terapia de Integración Psico-corporal

Derecho del niño a la presencia del padre y su contacto

Realizado por Jorge Cozodoy

Con este derecho queremos defender la necesidad del niño/a de sentir y entrar en contacto con su padre lo más pronto posible, ya desde el vientre de la madre. El hijo/a desde que es fecundado necesita sentir la presencia del padre y cuanto antes se empiece a establecer el vínculo, más sólido será en el tiempo.

Aunque actualmente el hombre empieza a compartir el espacio doméstico con la mujer, todavía queda mucho para que también comparta de una manera real y profunda el espacio afectivo y emocional con sus hijos. Tradicionalmente siempre ha sido un ámbito exclusivo de la madre, por lo que los padres que se plantean vivir la relación con sus hijos de un modo diferente a como lo hizo su padre con ellos, no disponen de ningún referente masculino en el que apoyarse. También es cierto que, dada la enorme potencia de la díada que conforman madre e hijo/a, muchos padres no llegan a entender que si bien al principio no son los principales protagonistas, su presencia siempre es fundamental para el buen desarrollo psico-emocional de su hijo/a.

Este vínculo debería empezar a gestarse a partir del deseo que siente el padre de concebir a su hijo/a. Poder sentir este deseo es algo a lo que los hombres no deberíamos renunciar. En muchas ocasiones es el deseo de la mujer el que empuja al hombre a aceptar tener un hijo/a, cuando todavía no se siente comprometido emocionalmente. Esta situación será la génesis de un malestar que condicionará el tipo de relación que el padre establecerá con su hijo/a.

Aunque en el período prenatal el padre no puede relacionarse directamente con su hijo/a, si puede actuar un aspecto inherente a su naturaleza que le permite ser protector, cuidador y abastecedor de la familia. En la medida que el padre tiene una buena relación con la madre y le proporciona un entorno seguro y tranquilo, el niño/a se va a beneficiar directamente de ello. Por tanto, el padre, al procurar el bienestar a través del cuidado de la madre, va aumentando su presencia en la vida del niño/a.

 Durante el parto, después del nacimiento, el hijo/a  tiene derecho a sentir a su padre en una actitud activa, acompañándolo en todo el proceso con atención, cariño y participación. El hombre no debe permitir ser arrinconado en una sala de espera, o que lo mantengan en un segundo plano en la sala de partos. Debe defender el derecho de su hijo/a a ser acogido por su padre y recibir el calor de su cuerpo y su emoción.

Durante el parto se produce la primera separación del niño/a de la madre. Sin embargo, la relación de absoluta dependencia no se termina con el corte del cordón umbilical y es muy importante para el buen desarrollo del bebé que esta relación simbiótica con la madre se mantenga durante el tiempo que él lo necesite. Es necesario que el padre favorezca este tipo de relación. Para ello debe procurar un entorno tranquilo, dar soporte a su mujer cuando sus carencias afectivas y/o el cansancio puedan crear dificultades en la relación con su hijo/a y también apoyarla para que realice el maternaje y la lactancia todo el tiempo que sea necesario. Todo esto redundará en un mejor desarrollo psico-emocional de su hijo/a.

Pero también es importante que el papel del padre no se convierta en mero sostén afectivo y doméstico de la madre. El hombre debe implicarse en el cuidado del bebé, no sólo para aliviar a la madre sino para ir creando a través de los hábitos cotidianos la absoluta certeza en el niño/a de que papá está y que se puede contar con él. El padre no debe ser una figura ausente, ni física, ni emocionalmente. El niño/a necesita un espacio propio de relación con el padre, que con su presencia, su tipo de contacto y  su energía específicamente masculina vaya generando un tipo de relación íntima de confianza y de cariño que lo nutra afectivamente.

La mujer normalmente reclama la ayuda del padre, pero después le cuesta aceptar que éste haga las cosas de manera diferente, con su estilo propio. Puede corregirlo constantemente y el mensaje, más o menos sutil, es que sólo ella es capaz de percibir correctamente lo que en cada momento necesita el niño/a y el modo más apropiado de satisfacerlo. El hombre tiene que enfrentarse a la dificultad de crearse un espacio propio con su hijo/a sin contar con la ayuda de su propio padre ni de otras figuras masculinas. En muchas ocasiones se siente perdido y acaba rindiéndose al no disponer de ningún registro previo de cómo estar y qué hacer. Frente a esta situación, los padres tenemos que encontrar las referencias dentro de nosotros mismos, intentando entrar en contacto con lo que estamos sintiendo, con el niño que fuimos y manteniendo un diálogo emocional  con nuestro hijo/a que nos permita percibir qué es lo que le está pasando  y qué está necesitando.

Todo esto debe ir construyendo entre el hijo/a y su padre una familiaridad y confianza que va a resultar fundamental sobre todo cuando el niño/a necesite, por su maduración empezar a explorar nuevos mundo que van más allá de la madre. Desde que nace, el niño/a puede satisfacer muchas de sus necesidades con la madre, pero cuando se va haciendo un  poco más mayor, durante el período edípico, empieza a relacionarse directamente con el padre estableciendo un tipo de relación basada, en el caso del niño, en la competencia y la rivalidad pero también en la cooperación y el compañerismo. En el caso de la niña  se convierte en su objeto de deseo. En esta época el padre ayuda a la niña a ubicarse en la realidad cuando le transmite que él pertenece a su mujer, su madre, pero que no la rechaza, al contrario, la quiere profundamente y la valora como mujer.

El protagonismo que el padre adquiere en esta etapa propicia que el niño y la niña dejen de enfocarse exclusivamente en la madre y en la relación de dependencia que mantenían con ella. Esto supone un gran logro para su madurez, pues favorece que surja en el niño/a la necesidad de plantearse nuevos objetivos, como penetrar en otros territorios y asumir también otras formas de relacionarse. Por tanto, una buena relación con el padre le proporciona al hijo/a la suficiente confianza y seguridad para realizar sin mayores dificultades el tránsito que va de la madre al mundo social. El niño/a, a través del vínculo establecido con el padre, debe tener la plena seguridad de que éste le apoyará en este tránsito, pues de lo contrario, el niño/a permanecerá pegado a la madre sin atreverse ni tener la fuerza suficiente para explorar nuevos mundos, quedando frenado así su potente impulso vital.

El niño varón tiene derecho a construir con el hombre, su igual, una relación de profunda confianza y respeto. Sólo si primero lo construye con su padre lo podrá hacer después con los de su propio género. El niño debería recibir de su padre la identidad, la dirección, la fuerza y las pautas para un desarrollo seguro y sano.

La niña tiene derecho a establecer con su padre un vínculo donde ella se sienta valorada, aceptada y respetada. Este tipo de relación permitirá que cuando esta niña sea mujer no admita relaciones en las que se sienta menospreciada, maltratada, poco respetada o no deseada. Al mismo tiempo podrá establecer con los hombres relaciones de cooperación en condiciones de igualdad.

El niño a través de su padre se diferencia del mundo femenino que lo rodea y la niña aprende a comprender otras formas de funcionamiento distintas a la suya.

La función del padre, como vemos, es la de impulsar a sus hijos hacia la independencia y la autovaloración, aspectos fundamentales en su desarrollo como personas.