Escola de Teràpia d'Integració Psico-corporal (ETIP) - Escuela de Terapia de Integración Psico-corporal

Derecho al deseo de ser concebido y cuidado

Realizado por Isabel Mauricio

 La concepción de un hijo/a tendría que ser siempre fruto del deseo de sus padres, un acto de amor y de conciencia. Cuando hablo de conciencia, me refiero a la necesidad de que los padres se den cuenta de lo que realmente significa tener un hijo/a y la responsabilidad que tienen de satisfacer sus necesidades de contacto, apoyo, respeto y afecto.

El deseo de tener un hijo/a tendría que ser una decisión compartida por ambos miembros de la pareja. Si alguno de los dos no lo desea realmente, aunque finalmente acabe cediendo, en el fondo, no sentirá que se respeta a sí mismo, ni se sentirá respetado por su pareja. Esto debería plantearnos el tipo de vínculo afectivo que puede establecer una persona con un ser al que no ha deseado. Probablemente la consecuencia será que el hijo/a percibirá una ausencia, una falta de presencia, a nivel emocional, de uno de sus progenitores. Que un niño/a sea querido y que este deseo sea compartido por la madre y el padre, es un factor primordial a la hora de que adquiera un sentido del yo fuerte y saludable, pues no sentirse plenamente aceptado, en etapas muy tempranas de la existencia, produce un bajo nivel de autoestima. El deseo de los padres es fundamental en las vivencias de su hijo/a y va a tener repercusiones en su vitalidad, fuerza y placer en la vida.

Un niño/a cuando viene a este mundo, sabe de una manera instintiva lo que necesita y tiene un lenguaje instintivo emocional para comunicarse con sus padres, que son los que tienen que cubrirle sus necesidades. Pero en muchas ocasiones, cuando el deseo de concebir un hijo/a se fundamenta en la fantasía, en la falsa ilusión de que a través de éste se colmarán las propias carencias afectivas, difícilmente los padres se encontrarán emocionalmente disponibles para su hijo/a. En su deseo de tener un hijo/a, han imaginado a un niño/a contento, tranquilo, satisfecho, fuerte, sociable, generoso, creativo, inteligente… Pero qué ocurre cuando el hijo/a no cumple con sus expectativas: llora mucho, es demasiado movido, no duerme, es muy tímido o no se entretiene sólo. Los padres fácilmente se pueden decepcionar y recriminar al hijo/a que no satisfaga sus anhelos. De este modo se empieza a establecer un tipo de relación muy negativa, pues el niño/a acabará culpándose de no hacer las cosas bien, de no ser lo suficientemente bueno y adecuado, cuando en realidad, el problema es de los adultos que no pueden estar frente a sus necesidades, aceptarlo como realmente es, en su singularidad, como la persona libre e independiente que debería llegar a ser.

Una de las necesidades más básicas del ser humano es la nutrición, que no sólo es alimenticia, sino también el sustento que recibimos a través del contacto. Al mamar, el niño/a calma su hambre, pero también recibe la confirmación de que es querido y cuidado por su madre y esto hace que el bebé tienda a asociar la alimentación con sensaciones de afecto y seguridad. Nutrirse es una necesidad básica, que se inicia en el mismo momento de la concepción, y lo único que necesita el niño/a, para adquirir buenos hábitos al nacer, es que le dejen el espacio necesario para aprender a autorregularse. Pero los padres, desde muy pronto empiezan a imponer su criterio y son ellos los que normalmente deciden cada cuanto tiempo y qué cantidad de comida necesita su hijo/a, llegando a convertir las comidas en una auténtica batalla de voluntades contrarias. Cuando obligamos a un niño/a a comer sin tener hambre o sin sentir gusto por la comida, estamos favoreciendo que se produzca una disociación entre el acto de comer y la necesidad biológica de nutrirse. El niño/a, entonces, podría  llegar a tragarse la comida sin sentir la necesidad de comer o desconectarse de la sensación física de tener hambre. 

También puede ocurrir que los padres sustituyan una necesidad por otra. Esto es lo que sucede cuando cada vez que el niño llora para descargar el estrés o expresar su miedo o rabia, la madre lo amamanta, le da el biberón o le pone el chupete. Se produce entonces lo que llamamos una indiferenciación somatopsíquica en la que el niño/a acaba por no diferenciar el hambre de sus necesidades emocionales.

Si no satisfacemos adecuadamente las necesidades de nuestro hijo/a, éste acabará reprimiéndolas. No podrá soportar durante mucho tiempo el dolor y la frustración que esta situación le genera. El bebé intentará, entonces, adaptarse a la realidad, a costa de desconectarse de sus necesidades más básicas, empezando a generar conductas alternativas que se basarán en objetivos falsos, alejados de su propia realidad interna más profunda.

Desde que somos concebidos, empezamos a registrar todo lo que nos va llegando de la persona que nos ha engendrado, su estado anímico, su tranquilidad, su estrés, su placer, su deseo. Cuando una mujer se siente bien consigo misma puede dar una respuesta muy diferente de si no lo está. Si desde el momento de la concepción el ser humano empieza a registrar los acontecimientos tendremos que tener en cuenta qué nos pasa como madres con nuestro contacto, con nuestra autonomía, con la responsabilidad, con el placer, ya que si no podemos sentirlo, cómo vamos a defenderlo y trasmitírselo a nuestros hijos. Cuando nos planteamos tener un hijo/a, deberíamos preguntarnos si vamos a poder estar delante de sus necesidades, ya que si no tenemos nuestros conflictos resueltos, se los traspasaremos a ellos. Empezamos a alimentarnos desde la placenta de nuestra madre, a movernos dentro de ella. Si todo ello no nos lo da con ganas, lo vamos a percibir y vamos a tener unas consecuencias u otras. 

Cuando las personas no han podido cubrir sus necesidades de contacto y nutrición de una forma consistente, pueden llegar a generar, en la etapa de latencia y adolescencia, patologías como los trastornos de la alimentación, difíciles de erradicar porque, como estamos viendo, tienen su origen en etapas muy primarias del desarrollo. Las chicas/os que sufren anorexia se fijan el objetivo de mantenerse delgadas, a toda costa, creyendo que de este modo, por fin, van a conseguir sentirse queridas y aceptadas y  van a recibir el apoyo y soporte que hubieran necesitado a lo largo de todo su desarrollo y que no recibieron. Tienen el firme convencimiento de que si se mantienen dentro del canon de belleza, establecido por la cultura de la imagen, no se volverán a sentir rechazadas ni abandonadas y así podrán defenderse de los sentimientos de baja autoestima, falta de identidad y aislamiento que sufren. Pero, como a pesar de esto, no consiguen sentirse bien, siguen maltratándose, seguras de que el problema se solucionará, cuando estén suficientemente delgadas. Este trastorno de la alimentación conlleva una percepción distorsionada del propio cuerpo, lo que implica que la pérdida de peso puede llegar a extremos que ponga su propia vida en peligro. En realidad, en estas chicas/os existe un miedo al cambio, a hacerse mayores y tener que asumir responsabilidades, pues debido a sus carencias afectivas, aún no han crecido internamente lo suficiente como para poder hacerlo.
Me gustaría enfatizar la necesidad que tiene el niño/a de entrar en contacto de forma profunda con sus objetos pulsionales y que las carencias, a estos niveles, tienen consecuencias importantes en el desarrollo psico-emocional de la persona. Como adultos, lo mejor que podemos dar a nuestros hijos es tiempo para poder estar con ellos, con contacto, apoyo, respeto y afecto.